El Internet de las cosas busca criterio

Es sencillo conseguir datos, pero falta generar criterios para aprovecharlos adecuadamente

Internet de las cosas de la época victoriana

Hay una tendencia natural en el ser humano.

Somos creativos.

Cuando disponemos de una herramienta buscamos la manera de aplicarla a cualquier cosa. En cualquier contexto, posición, formato y color que podamos concebir.

Basta ver a un niño jugando. Lo llevamos dentro.

Yo no estaba allí, pero estoy seguro de que esto mismo pasó cuando se descubrió el fuego. Se debieron quemar muchas cosas en incontables experimentos.

Tampoco estaba cuando se inventó la máquina de vapor, pero sabemos que se aplicó a casi todo. Prensas industriales, trenes, máquinas de coser, ametralladoras, motos… Algunas aplicaciones funcionaron, pero muchas no.

El Internet de las cosas está sucediendo ya

En la actualidad lo sencillo de conectarse a Internet y el abaratamiento de la electrónica ha disparado una nueva revolución, llamada Internet de las cosas.

En pocas palabras, se están poniendo sensores en todo lo imaginable y se está midiendo todo tipo de parámetros. Esto sucede en la ropa y el calzado. En pulseras y relojes. En vehículos. En edificios. Incluso hay gente que está ingiriendo o se está implantando cacharros que miden algo desde dentro de su cuerpo.

Se están poniendo sensores en todo lo imaginable.

Todo este parque de sensores permite obtener montañas de datos que, para que sean útiles, deben ser procesados y analizados. Y en este punto aparece en escena Big Data, la tendencia siamesa del Internet de las cosas. La idea es tratar de aprovechar los datos que todos esos sensores y dispositivos registran sin parar.

Nos sobran datos, pero andamos faltos de criterio

De todas las aplicaciones en desarrollo hay algunas relativamente inocuas. Por ejemplo, un aparatito que registra la humedad de tus plantas y te avisa al móvil cuando están secas es algo útil y de bajo riesgo. En el peor escenario tus plantas se resecan o se pudren.

Sin embargo, cuando pasamos a delegar partes de nuestro estilo de vida al criterio de una aplicación es cuando deberíamos ponernos alerta. Por mucha información que se recoja, en numerosos casos no existe criterio para determinar lo que es bueno o malo, lo que supone un riesgo o cuándo se debe actuar de qué manera y con qué resultados esperables.

Instrucciones como “esfuérzate más en tu entrenamiento”, “cambia tu horario de sueño” o “no comas eso” tienen un impacto directo en nuestra calidad de vida, y hay que estar muy seguro de lo que se dice antes de hacerlo. ¿Confiamos en una inteligencia borrosa, ubicua y despersonalizada?

En numerosos casos no existe criterio para determinar lo que es bueno o malo, ni lo que supone un riesgo para el usuario.

Es un proceso conocido, pero a una escala muy muy grande

Resulta evidente que el Internet de las cosas está pasando por el mismo ciclo que el fuego o la máquina de vapor. Antes o después aprenderemos qué tiene sentido y qué no. Pero hay una diferencia importante, la magnitud del impacto en la sociedad.

Según Business Insider, en 2015 se hará una inversión total en el campo del Internet de las cosas, entre empresas, consumidores y administración, de 400.000 millones de dólares.

Y solo crece a futuro.

 


Publicado originalmente (con adaptaciones) en el diario Levante el 13 de diciembre de 2015.

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