Inteligencia en la era smart

Elegir con inteligencia en una época de excesos

La vida actual debería ser muy sencilla con tanta inteligencia a nuestro alrededor. Casi todos ya tenemos smartphones. Los más modernos usan relojes y conducen coches muy listos. Y no son pocos los que viven en viviendas ultra-tecnológicas. Sin embargo, parece que algo falla.

Si echamos la vista atrás, resulta impresionante la velocidad con la que se ha desarrollado la tecnología que da soporte a todo ello. Por redondear, en cuestión de una década los móviles han evolucionado a ordenadores compactos, hay Wifi por todas partes y prácticamente cualquier cacharro se puede conectar a la nube, dentro de ese paradigma denominado ‘Internet de las cosas’.

Por principio, los procesos de difusión rápida no suceden de forma meditada, valorándose cada nuevo escenario en el que se puede entrar.

Y así ocurre con la tecnología. Se desarrollan nuevas aplicaciones, productos, plataformas, canales… pero nadie está en posición de llevar al resto a la reflexión. Todo sucede de forma orgánica y apresurada.

En estas condiciones es normal lo que ha pasado: nos devora el denominado empuje tecnológico. De una forma o de otra, la mayor parte de los productos y servicios más innovadores son soluciones a problemas que nadie tiene. Y esto, para mí, no es smart.

Aunque la interacción con los trastos que usamos sea casi indistinguible de una persona -¿han probado el asistente Siri del iPhone?- considero que la verdadera inteligencia la demuestra el consumidor al ser honesto consigo mismo y escoger soluciones adecuadas a su necesidad. A la necesidad real, no a las que se inventan los marketers.

Para mí, la clave está en saber a qué cosas debemos renunciar… ¡y hacerlo!.

En palabras del músico de jazz Dizzy Gillespie,

He tardado toda la vida en aprender qué notas no debía tocar.

Y en esta línea, la Comisión Europea se ha propuesto un objetivo ambicioso: ordenar la infinidad de iniciativas innovadoras generadas de forma espontánea en las distintas regiones de Europa.

De forma coloquial la situación se puede resumir con un “basta ya”. Todo el mundo hace biotecnología. Todas las regiones son expertas en energías renovables. Y en fotónica. Y en movilidad sostenible. Y en lo que haga falta.

Como solución se está desarrollando la RIS3, acrónimo en inglés de la estrategia de especialización inteligente para la investigación y la innovación, que va a marcar el futuro de la competitividad regional. Y aquí aparece lo genuinamente smart. Hay que especializarse en aquello en lo que cada región es especialmente buena, o en lo que puede serlo por medio de capacidades altamente diferenciales. Menos cosas, bien definidas y desarrolladas con solvencia.

La apuesta de la Comunidad Valenciana para la RIS3 ya está hecha.

El futuro dirá hasta qué punto conseguimos desarrollarla de forma inteligente.

 


Publicado originalmente en el diario Levante el 2 de noviembre de 2014.

  1. […] del control del propio cuerpo mezclada con la gratificación instantánea tan característica de esta era smart. Basta instalar una app en el móvil, o colocarse un dispositivo en la muñeca o la cintura, y […]

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