El poder de las comunidades

Las pasadas navidades cambié de coche. El anterior se había quedado un poco pequeño para una familia creciente y tocaba reemplazarlo.

Decidimos que no estrenaríamos uno nuevo, preferíamos prolongar la vida de una cosa que ya existía. Y como lo usamos esporádicamente, asumimos que podría ser un poco gastoncete.

Cual detective, me puse a rastrear anuncios y leer pruebas en revistas. Recopilé todo tipo de datos e hice tablas comparativas (qué quieren, uno es así). De todos los modelos que consideraba, había uno que me gustaba especialmente, con el inconveniente de que tenía veintitrés años. Eso me llenaba de dudas sobre su fiabilidad y la disponibilidad de repuestos.

Hasta que encontré el foro de aficionados de la marca.

Entonces cambió la cosa.

En cuestión de horas entré en contacto con varios expertos, me hice con una guía de compra del modelo que me interesaba y que habían elaborado en el mismo foro, conseguí que me recomendaran un taller de confianza, y hasta un análisis de las fotos de los anuncios que estaba considerando.

Gratis.

Y con muy buen rollo.

Pues bien, este proceso de búsqueda en Internet siguió un patrón cada vez más común. Los buscadores rastrean información, la indexan y nos la presentan de forma ordenada, pero todavía se quedan cortos. En oposición a ellos, la información generada y gestionada por personas está mucho más contextualizada, es más dinámica y permite una interacción rica.

Así, cada vez más gente opta por buscar recomendación en redes sociales antes que en buscadores.

Este auge de las comunidades y las redes de personas se está denominando “economía colaborativa”.

Seguro que estarán más o menos al corriente de los profundos cambios que se están dando en sectores como el de la movilidad urbana (merced a la polémica empresa Uber) o el alojamiento temporal (Airbnb); pero más allá de estos dos ejemplos hay una auténtica eclosión de nuevas iniciativas. Está emergiendo el cultivo colaborativo de alimentos ecológicos, el préstamo de dinero entre particulares, la organización de cenas en casas para conocer gente o la financiación colectiva de emprendimientos, por citar otros casos.

En este país tenemos mucha experiencia en comunidades basadas en factores políticos, culturales, geográficos… ¿Y si pasamos a agruparnos bajo el objetivo de un beneficio común y sostenido?

¿Y si pasamos a agruparnos bajo el objetivo de un beneficio común y sostenido?

Por ejemplo, se me ocurre que en cada comunidad de vecinos podría haber herramientas para un uso compartido, ya que a lo sumo utilizamos el taladro tres veces al año. También se podría instalar un huerto urbano en la azotea, compartir vehículo para trayectos habituales o incluso producir algo juntos aprovechando los conocimientos y habilidades de cada cual.

Son iniciativas útiles y fáciles de implementar.

El apoyo desinteresado de comunidades de aficionados resulta contagioso y motivador

Ah, finalmente compré ese coche tan antiguo.

Es un Saab genial. Ahora soy Saabista.

 


Publicado originalmente en el diario Levante el 30 de noviembre de 2014.

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