Cómo ser torpe con un ciclista

Ciclistas en una intersección

Yo soy ese tío raro.

El que pide factura y paga el IVA.

El que da vueltas con el coche para no dejarlo en doble fila, cuando lo normal es ignorar a todos y ponerlo en cualquier sitio, para luego decir “si es un momento”.

El que baja el volumen de la tele para no molestar a los vecinos. Aunque no hayan dicho nada.

También el que espera en el paso de peatones hasta que se pone verde. Aunque no venga nadie y se pueda cruzar sin riesgo. Aunque sean las dos de la madrugada.

Ahora también soy un ciclista urbano multado por la policía local de Valencia. Aunque no consigo encontrarle el sentido.

Esta tarde paseaba en bici con mi hijo de un año. Circulábamos por el centro de la calzada, ni por la acera ni por el carril bus. Con casco y sillita homologada.

Nos detenemos en un semáforo a mitad de la calle de la Sangre, junto al ayuntamiento de Valencia. Es una zona tranquila. Cuando termina el turno de los peatones empiezo a arrancar. El chaval pesa lo suyo y hace falta un rato para coger velocidad. No quiero hacer esperar a los coches que vienen detrás, porque acaban pitándote o adelantándote de mala manera, y en esa batalla el ciclista siempre pierde.

Por ser sincero, no puedo jurar que en el instante de cruzar la raya del semáforo éste ya estuviera en verde. Si no lo estaba, faltaban milisegundos.

El caso es que diez metros más adelante me para una patrulla.

Policía – “No ha respetado la señal semafórica.”
Yo – “No es cierto, sí que me detuve.”
Policía – “No es así. No ha respetado la señal. Es su palabra contra la mía, y la mía prevalece”

¿Qué cabe hacer ante una actitud condescendiente de quien tiene la autoridad?

Es su palabra contra la mía, y la mía prevalece

Yo estaba dispuesto a reconocer que quizás me adelanté un pelo, y explicar mis motivos. Lo juro, esperaba poder hablarlo. En el caso de haber recibido un recordatorio de la ley o una reprimenda, habría tomado buena nota para ser más paciente en el futuro.

Sin embargo encontré un ejemplo de torpeza, de inseguridad y de falta de inteligencia emocional.

Ciertamente no reclamo un trato especial. Si he infringido la ley merezco ser sancionado.

Pero a la vez no dejo de pensar en todos esos automovilistas que circulan a muy alta velocidad. En los ciclistas que circulan por la acera y a los que me suelo encarar por ser algo molesto y peligroso para los demás. En la enorme cantidad de faltas y delitos infinitamente más graves que se cometen continuamente por todas partes. En cómo se gestionaría esta misma situación en países o ciudades con mayor cultura ciclista y desarrollo de la movilidad urbana.

No soporto tener la sensación de estar siendo penalizado antes que toda la panda de listos que campa a sus anchas por nuestras calles y edificios. Me parece injusto y desproporcionado. ¿De qué sirve tratar de ser buena persona si no hay una sensación de equilibrio?

No voy a recurrir al multa. Son doscientos euros y tres puntos del carnet de conducir, más una cierta sensación de humillación, pero creo que es inútil intentar explicar algo de todo esto a alguien al otro lado de la ventanilla.

En cualquier caso, al escribir estas lineas estoy terminando de purgar una fuerte sensación de rabia. Y conforme remite la emoción emergen dos pequeñas reflexiones más alineadas con las temáticas sobre las que suelo escribir.

1. Prestar un servicio de forma poco inteligente afecta el valor de marca

Hagamos un ejercicio de imaginación y supongamos que los cuerpos de seguridad, y más concretamente la policía local, prestan un servicio de los ciudadanos. Su objetivo es mantener el orden y asegurar el bienestar de la población. Y para ello cuentan con distintas herramientas, entre las que se encuentra el respaldo legal. La autoridad.

Pues bien, si el prestador de un servicio se comporta de forma torpe, condescendiente y poco inteligente, el resultado es que el cliente reaccionará de forma negativa.

Está claro que un cliente insatisfecho puede elegir no volver a una peluquería o taller, y en cambio no podemos elegir otra policía. Ahora bien, lo que sí ocurre por igual al peluquero y a la policía es el deterioro de su marca.

Como con tantas cosas, cuesta mucho construir una imagen y muy poco para tirarla por los suelos. En este caso, deberé luchar por no extender mis sensaciones actuales a cómo percibo la Policía Local en general.

2. El buen liderazgo se logra con madurez y contención, no de forma autoritaria

¿Saben cómo se gana el respeto un buen árbitro de fútbol?

Con mucha mano izquierda.

En lugar de sacar una tarjeta a la primera ocasión, queriendo ser protagonista y demostrando su autoridad (y su inseguridad), suelen optar por tener una conversación seria con el que ha cometido la falta. Esa muestra de control modula el clima del partido, y hace que ambos equipos reconozcan su peso moral.

Se supone que la Policía Local es la primera linea de interacción con la ciudadanía. No se trata de los antidisturbios o del ejército, que deben actuar con contundencia. Son actores dentro del tejido social, y deben influir sobre las personas y educarlas. Deben trasladar valores. Deben ser justos, sensatos y ejemplares.

Una estrategia inteligente a la hora de perseguir sus objetivos debería pasar mucho más por acciones conciliadoras y de bajo impacto, como conversar y orientar, y menos por acciones duras y autoritarias.

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